Jamás serás maestro...
Si tu escuela tiene más parentesco con una oficina que con un hogar
Si tus ojos son dos látigos permanentemente dispuestos para el castigo visual,
si tus nervios explotan mil veces al día.
Si tus frases, en vez de caricias, son púas que arañan,
si necesitas un arsenal de gritos para tus combates diarios.
Si los educandos llegan recelosos a tu escuela, como llegan los enfermos al hospital.
Y si te aceptan no como un alimento grato, sino como una medicina obligada.
Si tu escuela se abre cinco minutos antes de empezar las clases
y se cierra cinco minutos después de la hora reglamentaria.
Y si al abrirse parece que bostezaras y al cerrarse que sonrieras.
Si no comprendes que los niños y los púberes deben jugar y divertirse
en razón inversa a sus edades.
Y si todos ellos se aburren en tu compañía.
Si tu escuela no es el imán juvenil más poderoso de la localidad donde actúas.
Si tu escuela, además de un cuerpo, no tiene alma.
Y si únicamente es un taller mecánico del alfabeto.
Si al hablar no encantas a tus alumnos dejándolos como hipnotizados.
Y si no sabes hacerte escuchar hasta con los ojos.
Si no comprendes que el alma de cada uno de ellos es un libro en blanco
en el que estás escribiendo para toda la vida.
Y si, en vez de escribir en ese libro himnos triunfales,
te contentas con llenarlo con ramplonerías y mediocridades.
Si obtienes licencias sin necesitarlas.
Y si trabajas cuando te fiscalizan y cuando se acercan los exámenes.
Si el patio de tu escuela es tan fúnebre como el patio de una cárcel.
Y si los recesos, en vez de ser una fiesta para el cuerpo y el espíritu,
son lugares donde se sufre frío en el invierno, sol en primavera
y soledad espiritual en todas las épocas del año.
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